Hay preguntas que no tienen una respuesta concluyente, aunque evadirlas no resuelve la cuestión, porque el interrogante sigue allí. En este sentido, se puede pensar en la experiencia estética dentro del arte contemporáneo y, puntualmente, plantearse si la pornografía constituye un campo posible para esa experiencia. De inmediato, varias ideas acuden a la mente, aparentemente inconexas entre sí: posmodernidad, erotismo, kitsch, obsceno. Y es entonces cuando se abre un abanico de respuestas posibles, aunque ninguna de ellas es decisiva para este asunto.
Por otra parte, concebir el goce estético desde la perspectiva mimética del siglo XVIII o incluso desde el purismo vanguardista de principios del XX no haría más que profundizar lo engorroso de este asunto. Esto es así porque la noción de placer desinteresado fundado en la percepción de lo bello ha tocado a su fin a partir de la segunda mitad del siglo pasado, mientras que la expansión del mercado, la progresiva estetización de la vida cotidiana y la masificación del gusto han inaugurado un profundo cuestionamiento acerca de la naturaleza de la experiencia estética y sus alcances. La pregunta hoy es cómo siente y procesa las percepciones el sujeto posmoderno. La respuesta es incierta, aunque algo de lo fragmentado, lo fugaz y lo banal rondan de manera fantasmagórica este interrogante.
La imagen pornográfica trasladada al campo del arte y legitimada por la institución artística involucra aspectos inquietantes del vínculo entre el espectador y la obra de arte contemporánea. En esta línea, y sin obviar que el modo de ver está condicionado histórica y socialmente, la obra de arte pornográfica se puede caracterizar, a diferencia de la erótica, como aquella que se «impone» a la percepción del espectador y lo invade por completo, en un marco de representación usualmente kitsch. El cuerpo se asimila en este contexto a un objeto que puede ser poseído, usado y consumido. Las pinturas del artista Martin Di Girolamo son un buen ejemplo de este tipo de expresiones. La cuestión aquí es reflexionar acerca de qué alcances y connotaciones adquiere este consumo.
Laurent De Sutter propone en Pornografía de lo contemporáneo. Sobre “Made in Heaven” de Jeff Koons(2019) que el arte pornográfico abre a un espacio de experimentación del pensamiento, donde el éxtasis va de la mano del encuentro con el exceso. El sujeto ingresaría así en un estado de «intensificación» en su relación con el «afuera». Ahora bien, ¿dónde se ubica la experiencia estética en esta dinámica?
En La pornografía o el agotamiento del deseo Michela Marzano define lo obsceno como aquello que produce un “exceso de proximidad” hacia el espectador, consecuencia de lo cual acontece la falta de distancia estética necesaria para posibilitar el discurso propio de una obra de arte. En este sentido, ¿es el arte pornográfico obsceno? Y si así fuera, ¿se transforma entonces la obra que busca jugar con lo pornográfico en mera pornografía convencional? En línea con George Dickie, se podría responder que la mera transferencia de la imagen pornográfica a la “institución arte” la habilita para ser objeto de una experiencia estética. La pregunta pasaría a ser, entonces, qué tipo de experiencia estética propicia el arte pornográfico.
Siguiendo a De Sutter, es cierto que la estructura capitalista, la cultura de masas y el estilo kitsch moldean el gusto contemporáneo. También lo es que el goce resulta, en este contexto, aceleración, flujo, banalidad y consumo. Sin embargo, lo dicho no soslaya que dentro de ese espiral de vertiginosidad desbordante se engendra la sensación engañosa de que “aquí se puede elegir libremente”, cuando, de hecho, no es así. Entonces, en estas circunstancias, ¿no troca el espectador su «mirada» en mero acto de ver?
Bajo este enfoque, la empresa de «intensificación»que propicia De Suttersería más bien la estandarización de la sensibilidad y la pérdida de la subjetividad. De este modo, la reiteración infinita de poses explícitas estereotipadas y la fragmentación del esquema corporal conducirían a una crisis de percepción en el sistema cognitivo. En esta línea, Susan Buck-Mors explica cómo, a partir de la modernidad, el sistema sinestésico (que nos permite relacionar el estímulo con la memoria y la anticipación) deviene en “sistema anestésico”. Es decir que, en lugar de conectar con el mundo exterior, el sistema perceptual anula los sentidos para poder seguir consumiendo espectáculo y no colapsar en el mientras tanto.
No soslaya esta lectura la reflexión de Susan Sontag en su conocido ensayo sobre literatura La imaginación pornográfica. En este caso, la autora pone de relieve la posibilidad del arte pornográfico de ingresar donde otras manifestaciones artísticas no lo hacen y poner así de manifiesto cierta dosis de verdad vinculada con la sensibilidad, el sexo y la desesperación. Ahora bien, ¿Hasta qué punto el espectador contemporáneo, envuelto en el frenesí del consumo, puede acceder a esta dimensión? Además, otra cuestión que se puede dejar planteada: es posible que la literatura opere en un terreno de abstracción al que la imagen, aún aquella no figurativa, no accede. Entonces, y en función del recorrido hecho hasta aquí, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿hay experiencia estética en la obra de arte pornográfica? Se podría decir que sí, aunque pareciera que profundamente empobrecida.
Nota completa: https://artecriticas.wordpress.com/2021/12/02/hay-experiencia-estetica-en-el-arte-pornografico/
Imagen de encabezado: escultura de Martin Di Girolamo de https://www.diariodecultura.com.ar/home/como-si-fueran-reales-las-esculturas-que-ponen-de-pie-fotos-virales-de-un-presente-convulsionado/



