Héctor Destefanis, pintor y dibujante argentino, egresó de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón en 1988 y se formó con el prestigioso artista Roberto Duarte. Es titular de la cátedra Oficio y Técnica de las Artes Visuales (OTAV) Pintura, en la Facultad de Artes Visuales de la Universidad Nacional de las Artes. Dirige su propio taller desde hace más de treinta años y fue coordinador del Departamento de Extensión Cultural del Museo Eduardo Sívori. A lo largo de su trayectoria artística ha obtenido premios nacionales, provinciales y municipales, y ha participado como jurado en diversos concursos de artes visuales del país.
A partir de tu producción artística, ¿qué es lo que más importa cuando hablamos de lenguaje plástico y artes visuales?
Lo fundamental es que ese lenguaje esté técnica e impecablemente realizado, para que lo poético surja y genere preguntas en el espectador. El lenguaje funda aquello poético que uno quiere decir. Uno empieza a trabajar y paulatinamente va apareciendo algo que, no obstante lo incierto de su devenir, cuanto mejor pericia técnica tenga, más posibilidades poéticas generará. En este sentido, decir algo poético tiene que ver con la creación, en términos de escucha del ser. Según Heidegger, escuchar los pensamientos que advienen es estar en la verdad del ser, mientras que no escucharlos es caer en la errancia. Esos son los términos poéticos. Es decir, escuchar eso que adviene en un sueño o cuando estás pintando y que te permite ver que la cosa va para un determinado lado. Por otra parte, esta dinámica implica también una pérdida de todo lo que podría haber sido, porque cada elección es una pérdida, tal como sucede en la vida misma.
Si bien la expresión poética evidencia la pérdida de lo que no será, también pone de manifiesto la adquisición de una cuota de libertad, proveniente del aprendizaje. Sin embargo, este fenómeno recibe las influencias del medio social donde se desarrolla. Considerando tu trayectoria como formador de artistas, ¿cuáles son los puntos de contacto que encontrás entre la enseñanza tradicional del maestro, en el taller, y la del profesor, en la institución académica?
Yo creo que lo más importante para mí es poder establecer un vínculo entre lo que traigo del taller y lo que enseño en la universidad, y te voy a explicar por qué. La enseñanza universitaria tiene que ver con la verticalidad, es decir, con una persona que baja un concepto, mientras que el taller y, te diría más, la enseñanza artística, pasa por otro lado, más relacionado con la paternidad, con la transmisión. En la enseñanza artística hay una escucha de lo que dice el otro, que excede incluso las palabras y que permite llevarlo, a través de la técnica, al lugar al cual debe ir. Esto implica la búsqueda de un espacio desde el cual el mundo singular de la persona genere cada vez más posibilidades de libertad, en el encuentro consigo mismo y a partir de una construcción conjunta. Si bien en la universidad hay que cumplir un programa y tenemos poco tiempo (sólo tres cuatrimestres), yo sigo creyendo en la educación individualizada, y por eso, junto con mis adjuntos -que en general se han formado en mi taller-, vamos uno por uno con los alumnos, acompañando sus procesos particulares, casi como si fueran hijos. En definitiva, si bien en la facultad hay consignas institucionales que cumplir, intento que suceda lo mismo que en mi taller, es decir, que no haya uno que pinte igual al otro, sino que cada uno lo haga desde su propia singularidad, porque realmente busco construir hacia la libertad.
De acuerdo con lo que venimos conversando, la obra de artesería una materialidad singular que expresa una dimensión poética particular. Por otro lado, para ciertas concepciones teóricas, la artisticidad de un objeto no proviene de sus condiciones intrínsecas, sino de su funcionamiento social dentro de un determinado tiempo y espacio. Es decir, que lo que hoy es arte podría no serlo en otro momento o lugar. ¿Qué pensás de esta forma de ver el fenómeno artístico?
Yo no considero que sea así. Si volvemos a los valores que dieron origen a occidente, con los griegos presocráticos, nos vamos a encontrar con la Alétheia (verdad), denominación que significaba para ellos el desocultamiento del Ser. Esta idea es después retomada por Heidegger en El origen de la obra de arte, cuando hace referencia a la madera que deja de ser tal, para transformarse en una escultura: “la madera está en la talla, como la talla en la madera”. El carácter de cosa es inseparable de la obra de arte, y esto implica una paradoja que no tiene solución. En este sentido, el Ser es y se manifiesta, y del mismo modo, la Obra es, se manifiesta y habla, además. Por eso hay obras que reaparecen doscientos años después y hablan, como el caso de las de Van Gogh, que no han podido ser destruidas por ninguna dictadura. Esto tiene que ver con que esos cuadros son extraordinarios y atraviesan el tiempo, no en función de una determinada narrativa que los señala como obras de arte, sino más bien a causa de algo que no se puede explicar. A mí me parece que, concepciones del tipo de las que mencionás, tratan de explicar lo inexplicable, cuando lo que creo que tendríamos que hacer es vivir en esa paradoja, que es la que hace que el verdadero arte siga atravesando, en forma diagonal, eso que no tiene solución y hace obra desde un lugar que es inevitable.
Volviendo a la idea de materialidad de la obra, pero desde otro enfoque, ¿qué impacto te parece que tiene la migración de la producción artística desde la galería, como espacio físico de exhibición, hacia el soporte digital, representado por redes sociales y medios virtuales de difusión?
Yo creo que no es lo mismo ver obra en vivo que mediante una fotografía. La pantalla empobrece todo, incluyendo la razón. Esto tiene que ver con que las redes sociales, como Instagram, muestran una felicidad ficticia que no representa la realidad de las cosas. Lo mismo pasa con la obra: se generan cuestiones que no son. Esto hace que, a veces, la gente deje de ir a las muestras porque cree que conoce la obra a través de lo que vio en las redes sociales. Sin embargo, la obra es otra cosa, superior a lo que puede reproducir una fotografía o un posteo en Instagram. En relación con lo que venimos hablando, en general les digo a mis alumnos que no dejen de esforzarse y que, producto de ese trabajo, algo va quedando. Que empiecen por su barrio, que se hagan conocidos en su zona y que se relacionen, en lugar de competir por la pantalla. Lo importante es conocer a la gente y las cosas como son realmente, no como se muestran en la virtualidad. En definitiva, les transmito mi experiencia, para que puedan lidiar con algunas cuestiones del mundo del arte y para que tengan en cuenta que la obra se hace pese a todo, si obedece a una real necesidad del artista. La idea es que nunca tengan como exclusivo eje hacer circular su producción, porque esto empobrece el trabajo y genera mucha ansiedad.
¿Qué tipo de ansiedad?
Ansiedad producto de un exceso que no permite disfrutar el aquí y ahora, debido a un esfuerzo continuo que no se sabe a dónde va, y que, además, es una parte del todo, aunque se muestra como el todo. Esto tiene que ver con que se ha dejado de lado el Amor, la palabra más esencial, porque todos buscamos una posibilidad de amor. Como dice Agamben, una existencia es un enigma y algunos llaman amor a la reunión de dos existencias y, aunque este sentimiento no tiene una definición única, sí se caracteriza por estar atravesado diagonalmente por el deseo interno de ser queridos.
Tomando en cuenta la escena cultural que describís, en cuanto a exhibición y gestión de contacto con la obra, ¿cómo podríamos pensar la configuración del mercado del arte contemporáneo en la Argentina? ¿Cuáles son las posibilidades de circulación y consumo de obra pictórica?
Mirá, es muy difícil. En esta época ha sucedido algo increíble, que se viene dando hace años y que tiene que ver con la vanidad del artista. Hay muchas galerías que cobran un alquiler por exponer obra y, en consecuencia, se despreocupan bastante de la venta. Por su parte, el artista, en general joven, pone el dinero y se siente satisfecho porque cuelga su trabajo e incluso llega a pagarle a un crítico, quien escribe algo favorable, porque está cobrando por eso. En concreto, el artista pone la guita, pero nunca tiene un mango y entonces generalmente tiene que trabajar de algo ajeno al arte. Por otro lado, hay mucho lavado de dinero, entonces se vende en cantidad, aunque no siempre en función de la calidad de la obra. Por mi parte, como siempre me gustó la docencia y trabajé muchos años en el Sívori, afortunadamente nunca tuve que condicionar mi obra a una venta y pude seguir vendiendo con continuidad, a lo largo del tiempo. Hace muchos años, cuando gané el tercer premio municipal, una crítica me aconsejó que no apareciera tanto, porque eso me podía transformar en un clásico. Me gustó esa idea, porque coincide con mi perfil: no me gusta andar, me gusta la coincidencia y que te convoquen.
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