María José Miranda es artista visual. Nació en Córdoba, en 1966. Sus obras se despliegan a través de diversos formatos y soportes, como dibujos, pinturas, collage, tintas y estampados textiles. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, y posteriormente se formó en los talleres de los artistas Héctor Destefanis y Juan Doffo. Participó en muestras individuales y colectivas, a nivel nacional e internacional y fue galardonada con el Premio Nacional de pintura del Banco Central (Mención, 2014), y el Premio Adquisición del Salón Nacional de la Boca (2012). Hace varios años es docente en su taller del barrio de Colegiales.
¿Qué aspectos de tu formación como artista marcaron tu obra?
Es bastante complejo, porque hay diferentes etapas. Vamos a arrancar con mi primer maestro, después de la Pueyrredón, que fue Héctor Destefanis. Empecé en su taller en el año 2000 y él es quien me dio estructura técnica y una forma de mirar y de generar espacios. También me enseñó a pintar desde la mancha, sin un proyecto previo, dando lugar a que el inconsciente se revelara. La mancha es algo bastante lúdico e invita a jugar, poniendo y quitando materia, viendo qué aparece. En ese aparecer es donde yo descubrí un mundo fantástico y fantasmagórico, dentro de un imaginario amable, que tenía belleza y que entraba y salía de la abstracción. En esa etapa aparecieron mis primeros personajes, que formaron parte de Bestiario, una exposición que hice en el año 2005.
¿Cómo eran esos personajes?
Eran medio humanos y medio animales. Con el paso del tiempo, dejé de verlos como fantasmas que emergían de mi psicología inconsciente y adquirieron más bien el aspecto de ilustraciones algo caricaturescas, no tan serias; eso me encantó. A partir de esta nueva percepción, empezó la segunda etapa de mi formación, en el taller de quien fue mi otro gran maestro, Juan Doffo.
¿Por qué fue una segunda etapa? ¿En qué se diferenció de la anterior?
Porque me di cuenta de que llegar al hueso de uno mismo no es la medida de la verdad en el arte. Simplemente me cansé de hablar de mí misma y empecé a tener ganas de contar otras cosas, historias que me rodeaban acerca de personas que conocía, del mundo, del arte. Ahí fue cuando llegué al taller de Juan Doffo, en el año 2011. Comencé a usar técnicas que no conocía y nuevos soportes. Dejé de tomar la mancha como punto de partida y en cambio la sustituí por la intención, es decir, la idea de lo que quería transmitir. Yo quería hablar de lo que me pasaba de cerca, que en ese momento era el conflicto de ser mujer, ama de casa, artista, y la presión que esto implica.
¿Cómo se materializó esta nueva visión del arte en tu producción personal, además del cambio de técnicas y soportes?
De muchas formas. Conocí un montón de artistas contemporáneos y se me hizo un crack mental entre la pintura clásica, la moderna y la contemporánea. Empecé a recrear una serie de fragmentos de obras clásicas y me di el gusto de todo, mezclando y modificando técnicas. Esas recreaciones eran atravesadas por cuerpos de mujeres con todo su atavío femenino, con sandalias preciosas, zapatos de taco alto, carteras divinas y piernas bien voluptuosas, porque también el erotismo estaba puesto ahí. Sin embargo, un día estaba con una obra de Matisse y terminé tapándola porque no me gustaba, pintándola absolutamente de negro, y dibujando sobre ella una figura femenina blanca y desnuda que ingresaba en la negrura, hacia lo incierto. Esa pintura cerró un segundo ciclo, que fue expuesto en una muestra en el año 2014, en la galería Foco. Todo se agota, un artista no puede seguir dibujando y pintando lo mismo mucho tiempo.
Mujer blanca (2011-2016)
¿Qué vino después?
Después empecé a dibujar, aún en el taller de Juan, una extensa serie de interiores de hogares en pequeño formato con mucho color, todo muy recargado y decorado, con estampados en los sillones, en los papeles de las paredes y en las alfombras. Fue un período bastante largo, que de algún modo dio origen a Más humano imposible, un conjunto de obras del año 2020, relacionado con cuestiones que surgieron a partir de la pandemia. Empecé a hacer unos collages donde siluetas coloridas de seres humanos se recortaban sobre escenarios absolutamente post apocalípticos, creados con grafito y tintas oscuras, que simbolizaban el humo y la oscuridad de los cielos y las aguas, el precipicio y la piedra.
Interiores (2015)
¿Cómo es el pasaje de un interior recargado y colorido a un exterior tan oscuro e inhóspito?
Las siluetas humanas fueron realizadas con recortes de telas estampadas por mí con sellos que tenía en casa y estaban en distintas posiciones: corriendo, caminando, sentados… En ese momento yo sentía que el mundo exterior podía ser distinto del que conocíamos y que la vida, los recuerdos, el conocimiento y todo, lo llevábamos en sí. Entonces, todo lo que yo ponía antes en los interiores, estaba introyectado en las figuras humanas. Esos seres llevaban la vida donde fueran, aunque afuera no hubiese nada o sólo un mar negro. O sea, esos espacios interiores eran la vida recortada en esos seres. Más humano imposible por todo lo que llevaban dentro, tan contradictorio.
Más humano imposible (2022)
¿Hacia dónde se dirigieron estos personajes?
Hacia Fuera de serie, mi último trabajo, compuesto por varias obras de pequeño formato, con técnica mixta, y un personaje que me enamora, aislado, con una escafandra que oculta su rostro. Está completamente cubierto con un traje y tiene guantes. Está preparado para lo que venga, tiene su tanque de oxígeno, no tiene género ni edad, es simplemente humano. Es un ser dispuesto a sumergirse, a caminar sobre el agua, a estar en el cielo y en las nubes. Es un “todoterreno” que atraviesa distintos escenarios que le fui creando; creo que por esa cualidad me enamoré de él.
Cuántas transformaciones y cuántos mundos, en tu mundo. ¿Alguna constante dentro de esta travesía?
Sí, más de una. Por un lado, la cuestión de la importancia de la solidez de la estructura constructiva de la obra, que va a sostener siempre cualquier técnica que utilice. Por el otro, la convicción de que puedo hablar de lo que conozco, es decir, de otras mujeres, de otras madres, de otras amantes, de otras hijas y también de cómo veo el resto del mundo, aunque con la conciencia de que siempre es desde mí, respetando quién soy, como punto de partida para construir. No se trata de hablar de temas súper importantes, con una visión sacralizada, sino tal vez de faltar un poco el respeto. Me refiero a no tomarse todo tan en serio, sino más bien animarse a romper convenciones, porque, en última instancia, el acto de crear es, en sí mismo, una ruptura con lo anterior.
Fuera de serie (2023)
Si hablamos de romper convenciones, ¿Hay algún vínculo entre el qué decir y el cómo hacerlo?
Sí, claro que lo hay. El material siempre condiciona, porque remite inmediatamente a algo; un marcador flúo genera dinamismo, mientras que el óleo representa otro mundo, más clásico, lo mismo que la acuarela. De todas maneras, siempre hay forma de usar los materiales de modo tal que atraviesen épocas y mensajes. El collage me gusta especialmente, siempre se ve contemporáneo, porque te da la posibilidad de fragmentar y de hacer micro lecturas dentro de la misma obra. Además, desacraliza a través de lo lúdico; en mi caso, desarmo, rasgo y recorto obra mía, para armar otra.
¿Qué más te gustaría hacer, que todavía no hayas hecho?
Me encantaría pintar en la calle y pintar murales. Pintar y que al otro día lo tapen. Creo que eso es directo y que comunica inmediatamente. La vía pública es el mejor lugar para mostrar lo que uno hace, después de las redes, donde las obras son vistas sólo por un instante. Es un pasar de dedo y, según el impacto que tenga la imagen, permanecerá durante un tiempo más, un tiempo menos. Es un mirar fugaz, donde la atención es captada durante unos instantes y nada más. Creo que en lo contemporáneo conviven el arte callejero y el arte digital. Me encanta que sea así de fluido y así de diverso. Me encanta.
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